El autobús

Corría el año de nuestro señor de 1.999. El otoño daba sus últimos coletazos a la espera de un típico y fríco invierno en la Alpujarra Granadina. Los habitantes de esa zona hacía acopio de víveres y leña para poder pasar los siguientes meses con el menor número de carencias.

El paseara por las calles de cualquier pueblo se convertía en una orgía para los sentidos del olfato y del oído. Los olores de guisos cocinados con leña se entremezclaban con el fuerte aroma del jabón casero. Como banda sonora se podía oía por doquier el cacareo de gallinas y algún que otro ladrido de un perro pastor. La gente de esos lares vivía tranquila y en paz sin preocuparse de lo más temible por el hombre moderno. El efecto 2.000 que tenía en vilo a medio planeta por la terribles consecuencias que el cambio de milenio podría acarrear en todos los aparatos electrónicos.

En Villa Angustías vivía un joven muchacho de 20 años, Enrique. No era muy alto, tamaño medio, buen jugador de baloncesto y cuya mayor posesión eran unos preciosos ojos azules, además de ser un poco pillo con alguna que otra vecina y con alguna que otra madre de las propias vecinas. Estudiaba en Granada, y como el trayecto era muy largo, compartía piso con tres amigos más de la infancia, Sebas, Ricardo y Andrés.

Para Enrique la vida transcurría tranquila y feliz, totalmente despreocupado por el inminente colapso informático que se decía que ocurriría esa mima noche vieja. Mientras que tuviera una canasta, una pelota y sus esporádicos escarceos amorosos, todo iría perfecto.

Muy lejos de allí, en Calgary, (Canadá) vivía Pedro, amigo de la infancia de Enrique y que por motivos laborales sus padres tuvieron que emigrar a ese legano y gran país al otro lado del Atlámtico. Pedro era un pelín más bajito que Enrique, y su mayor aficción era la papiroflexia y coleccionar cartas de rol, era muy hábil con las manos para todo tipo de oficios. Aunque estudiaba Psicología en la universidad de la misma Ciudad, sus mayores momentos de satisfacción personal los conseguía en las largas horas que pasaba en el garaje de su casa con sus herramientos y su nueva adquisición. Una pista de Scalextric que estaba montando junto a tres amigos más, Roger, Paul y Heather, por la que Paul sentía una especial atracción aunque no era correspondida, ya que la pelirroja de Heather bebía los vientos por el hermano mayor de Roger, un tal Austin, del que poco más se sabía y del que poco más se quería saber.

En un país como Canadá, las preocupaciones por fenómenos tecnológicos no eran tan psicóticas como en su vecino de abajo, por lo tanto, aquel denominado efecto 2.000 tenia las mismas repercusiones que en el pequeño pueblo andaluz de Villa Angustias.

Como cada año Pedro volvía a su Granada natal para pasar unos días con su abuela y con sus amigos de la infancia, con los que seguía uniendo una gran amistad gracias sobretodo a las cartas en correo ordinario.

Después de casi dos días de viaje por varios aeropuertos del hemisferio norte, Pedro llegó a Granada, -“sigue tan bella como siempre” Pensó mientras bajaba las escaleras y a la vez que le caía una lágrima por el rostro de la felicidad ocasionad por ese ansiado viaje a sus raices.

Dos horas y media más tarde, llegó a Vila Angustias y tras dar buena cuenta de un pan tostado a la lumbre, con aceite de oliva y jamón alpujarreño fue como alma que lleva el diablo en busca de su amigo Enrique, que por la hora que era lo más probable es que estuviera en la pista de baloncesto que había en el Colegio Público Blas Infante. En efecto, Pedro no se equivocó.

Una vez que se vieron se fundieron en un cálido abrazo y empezaron a ponerse al día, Pedro le entregó un llavero de los Toronto Raptors y Enrique lo llevó a su  casa donde le con una carta muy poco usual de su juego favorito, amén de otra ración de jamón y queso. Esta vez acompañado de buen vino.

Aquel ultimo viernes de otoño transcurrió como todos los primeros días de reencuentro, a pesar de saber todo lo que le había pasado el uno al otro gracias a las cartas, volvieron a repetir las mil y una historias vividas por ambos en los últimos once mesos. Ambos eran muy escépticos sobre lo que podía ocurrir el 1 de eneo del nuevo milenio, así que no se profundizó mucho en el tema.

El sábada más reencuentros, más anécdotas, más vino, más queso y alguna que otra visita a una alegre vecina que más tarde se haría otra vez, pero visitando a la madre de la susodicha.

Era la última semana de clase antes de que Enrique y sus amigos empezasen sus vacaciones de Navidad y Pedro aprovechó para ir con ellos y pasar una semana de okupa con el resto de los seres humanos. Había que preparar un buen petate y pasar tiempo con su abuela ya mayor y alguna que otra tía, así que ambos quedaron sobre las 17.30h en la pequeña estación de autobuses, más bien en la parada que había en la plaza del pueblo.

Villa Angustias era un pueblo que estaba al fina de la ruta de esa línea, por lo que el espacio escaseaba, así que mientras Enrique guardaba los macutos en el maletero del autobús mandó a Pedro a que le guardase sitio, ya que el camino era largo y lleno de curvas. Pedro subió e iba pasando filas una a una y no encontraba ningún sitio libre, hasta que alzó la vista y vio en la última fila tres asientos vacíos. Dejó de buscar y fue directo al asiento central, dejando un sitio libre a cada lado. Enrique no había subido, pero Pedro estaba tranquilo.

Al cabo de un par de minutos, Sebastián, el hijo del panadero, se dirigió hacía Pedro para preguntarle si tenía sitio libre. Como Enrique entró en el autobús a continuación, le ofreció sentarse a su izquierda. Al llegar Enrique hasta donde se encontraba Pedro fue a sentarse en el asiento de la derecha, pero el joven muchacho que parecía dormido apoyado en la ventana de la derecha y que por tanto tenía a su izquierda el sitio libro dijo con una voz dormida a la par que malhumorada:

– “No, está ocupado”

Acto seguido señalo otro viajero que venía saludando detrás de Enrique.

El pobre Enrique no dijo nada y se fue cabreado a sentarse en las escaleras traseras del autobús. Pedro no sabía que decir, ni que hacer.

De repente en su viejo movil Maxon de color rojo y con tapa para proteger las teclas  sonó un leve pitido y una insignificante vibración, seña de que había recibido un sms. En el texto se leía lo siguiente:

“Me cago en tu puta madre, ni para guardar sitio vales”

2 comentarios to “El autobús”

  1. carlos Says:

    Eres un puto crak

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