Espartanos. Historia real y verídica de un valiente grupo de soldados.

Dicen que en las guerras los hombres se fortalecen y su testosterona se multiplica hasta insólitas cotas debido a la adrenalina que produce el simple hecho de derribar a un enemigo. Las guerras y la batallas no solo se libran en grandes extensiones de tierra o en alta mar, a veces, la peor guerra es aquella que se libra en pequeñas trincheras como el propio hogar de cada uno. Y de eso se trata esta entrada, de una pequeña gran batalla cuyos protagonistas ascendieron desde lo más profundo del averno.

Un batallón de  espartanos oriundos de los más recónditos confines del mundo conocido peleaban día y noche con la amarga y triste paz que no les permitía disfrutar y ganar dinero con su oficio. Mercenarios.

Cada uno buscaba y rebuscaba como llevar a casa un trozo de pan para él o para su familia con mayor o menor fortuna dependiendo de los vientos y de las cosechas. La hambruna e incluso la locura se hicieron vecinas de su maltrechos hogares, y cuando digo maltrechos hogares, no me refiero a su debiluchas edificaciones donde residían, quiero decir a su maltrechos corazones que veían con impotencia el pasar de los días y como las salidas y puestas de sol cada vez ocurrían con mayor celeridad.

Una llamada desde lontananza cambió sus vidas por completo. A muchas lunas de sus respectivos hogares comenzó una guerra por unos territorios poco explorados cuyos benificios económicos no serían muy altos, pero sus espadas y sus ansias de lucha estaban tan hambrientas como los estómagos de sus hijos y de sus mujeres. Y allí que su fueron.

El número total de espartanos que se reunió era escaso para una gran guerra, pero perfecto para aquellas batallas experimentales en pos de unos resultados un tanto impredecibles. Quince aguerridos soldados fueron los que comenzaron desenvainando sus espadas y llenando de muescas enemigas sus ropajes y sus escudos, pero como en toda guerra hubo víctimas.

De esos quince espartanos que partieron, ocho fueron los supervivientes y su recompensa fue el participar en otra batalla, casi una guerra, pero recibiendo unas cuentas monedas más y sobre todo unas mejores monturas y con mucha más participación en la vanguardia de los combates.

Eran buenos, esa panda de cabrones. Su comandante sabía como dirigirlos y lo hacía con mano firme, pero tendiéndote la otra en caso de necesitarla. Él y su capitán supieron sacar lo mejor de cada uno y aumentarlo.

Por cada batalla, por cada espadazo, por cada hachazo, por cada víctima enemiga que iban haciendo, una visión terrorífica de aquella maldita paz en la que se encontraban unos meses atrás, aparecía en su mente ávida de sangre y vísceras de rivales a batir.

Los espartanos eran felices y aun siendo de las más diversas procedencias, se unieron y llegaron a ser un grupo casi invencible a la par que inseparable.

Una vez más, la guerra hizo estragos en el batallón. Dos de ellos cayeron en combate y su vacío nunca se volvió a llenar. Esta vez, más de uno lloró a escondidas en alguna trinchera, eran valientes, eran guerreros, eran hombres, pero también eran humanos y su corazón espartano sabía que aquello podía ocurrir, aunque nunca llegaron a autoconvencerse.

Entre tanto, la unión y las batallas seguían aumentando, y un nuevo miembro se unió al valeroso grupo. Poco tiempo después la unión con los veteranos era tal, que parecía que aquel soldado venía del mismo infierno blanco donde la peor tortura era una paz casi indefinida. Era un soldado valiente, y también sabía luchar, así que los veteranos tampoco tardaron mucho tiempo en aceptarlo entre sus filas y protegerlo con su escudo. Entre otras cosas, porque sabían que el nuevo haría lo propio con el resto.

Un día, a finales de un verano excesivamente caluroso, cuando los peores presagios, para ellos, decían que la paz estaba cerca, un emisiario llegó al campamento veloz y cansado. Después de dar buena cuenta de un exquisito cordero a la miel y frutas frescas, leyó con tristeza y pavor el comunicado al Comandante y el Capitán de la tropa.

“La Guerra continua. Habrá una masacre. Que huyan los que puedan y quieran y no serán castigados ni perseguidos. Aquellos valerosos que aun quieran continuar batallando a nuestro lado se les garantiza una posible muerte, unas cuantas monedas de oro y la prohibición más absoluta de quedarse cualquier objeto de valor que se consiga en los saqueos”

El Comandante llamó a sus espartanos.

Leyó el comunicado con voz queda y tremolosa, esperando una estampida de sus más valerosos hombres. A mitad del mensaje, miró a su capitán, situado a su derecha, tragó saliva, volvió a mirar al capitán y continuo con la misiva. No le tenía miedo a la guerra, sabía que iba a morir batallando, tenía pavor de que sus hombres lo abandonaran.

– Espartanos ¿qué decís?, – Gritó acongojado el comandante – ¿Marchais con vuestras familias, vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestros perros o permanecereis a mi lado sabiendo que lo único que os puedo proporcionar es una muerte segura en el campo de batalla?

TODOS AL UNÍSONO GRITARON:

A MUEEEEEEEEEEEEERRRRRRTE!!!!*

Esta historia es totalmente verídica, y está rescatada de antiquísimos libros de historia y cotejada por los más ilustres profesores de distintas universidades del planeta. Solo hay una pequeña licencia que este andaluz se ha permitido, En muchos libros consultados, e incluso en algún que otro DVD Blue – Ray que grabaron los espartanos, el grito final no es ese exactamente. Supongo que como eran una panda de ignorantes no sabrían pronunciar bien… pobreticos… A lo que iba, que el grito final, no decía “a muerte!!!!” sino

A MUEELLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLTE!!!!

Pero bueno, que cada uno interprete la historia como quiera. No he querido dar los nombres de los espartanos, por que los tíos fueron tan buenos, tuvieron tanto sexo con tantas mujeres que hoy en día hay pruebas empíricas de que su ADN está entre nosotros y muchas generaciones después, no son guerreros, ni militares, ni astronautas, ni ninguna profesión de pacotilla, actualmente los descendientes de aquellos que sobrevivieron se ganan la vida en la más dura y bella profesión del mundo. SON CAMIONEROS.

Dedicado a mis compañeros de fatiga, KIke, Toni Pérez, Toni Amengual, Adrián, Fran, Edu y a los que por circustancias de la vida no puedieron seguir con nosotros, Jose, Nando, Sergio y Onofre. Y también al Sr Toni Catena que tuvo a bien rescatarnos del inframundo del desempleo.

Gracias a todos por hacer que levantarse cada día tan temprano se haya convertido en algo tan bueno. Nos vemos en la carretera.

Besos.

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