Verónica

España empezaba a despertar de un letargo dictatorial de más de 40 años, y a modo de celebración le habían otorgado la celebración del Mundial de Fútbol. Empezaban la década de los 80 y aún así, había gente anclada en varias décadas atrás.

Ramiro contaba por aquel año con 16 años, era el segundo hijo de un matrimonio de la España clásica, genéticamente era las excedencias de su hermano mayor, que había nacido tres años antes que él. Era buen jugador de fútbol, buen estudiante que empezaba su primer año en la universidad para convertirse en farmaceútico, sin novia reconocida pero sin falta de pretendientas de la alta cuna de aquella ciudad de tamaño medio, que servía como ejemplo en millones de muestras estadísticas por población y tamaño. Su nombre era Amadeo, José Amadeo, que a pesar de estar cerca de su segunda década de vida, ya se le intuía una futura calvicie.

Ramiro, no era bueno en nada, él dedicaba su tiempo a pasear, a soñar, a hacer el vago, aunque todavía era joven, sabía que no tenía sitio en aquella sociedad cambiante, incluso con el amplio abanico de posibilidad que le ofrecía esa España y esa década.

Por las tardes ayudaba en la tienda de ropa de sus padres, Textiles Villanueva, apellido de varias generaciones y que por lógica, él también compartía. Su padre, Amadeo rondaba los 50 años de vida, su frente le llegaba hasta la coronilla, aunque sus dos franjas de pelo eran negro como el tizón. Por debajo de esa calva, había un cerebro estancado. Vestía siempre elegantemente y sus manos eran mejores que las de muchas señoras que frecuentaban su establecimiento.

Doña Purificación, Doña Puri, era la mujer de la casa, e incluso la mano de obra barata de la tienda, ya que se encargaba tanto de realizar las tareas domésticas, como la de los arreglos pequeños o grandes del negocio familiar. Que con un poco de picaresca por allí, un poco de suerte por allá, ofrecía a la familia unos importantes réditos a final de mes con lo que se les consideraba una familia acomodada y respetada en toda la ciudad, cuya única tara, por llamarlo de alguna manera era el holgazán de su hijo menor.

Domingo, tiempo de que toda la familia asistiese a misa en la iglesia de Nuestra Señora del Eterno Descanso, oficiada por D. Manuel, un párroco amigo de Don Amadeo con el que compartía edad y vivencias de juventud, así que no era nada raro que después del encuentro con Dios y el Santo de Turno, quedasen en la sacristía para dar buena cuenta de un vino, un puro o lo que el cura tuviese más a mano.

Ramiro era feliz, sabía que su vida y su futuro traían de cabeza a sus padres, pero eso a él no le importaba. Su mayor aficción, como todos los niños de su edad era ver a las niñas de su pueblo, en especial a Verónica.

Verónica no poseía el canón de belleza más habitual, ya había pasado la barrera de la edad legal y sus pechos podían tener cualquier adjetivo menos grandes. Su dentadura lejos de la perfección, no estaba alineada,  su pelo, por encima de los hombros era todo un repelente para cualquier mozo del pueblo, y cuyo principal reclamo de belleza eran unos enormes ojos verdes. Quizás por eso, Ramiro veía aquella muchacha como algo asequible, y como propina a su decisión, sabía que a sus padres no le iba a gustar nada aquel romance, en caso de que algún día se produjese.

Pasaron los años y su mundo parecía que estaba anclado, todo seguía igual, sus sueños de un futuro mejor se habían esfumado casi por completo, y a diferencia del resto de lugareños, el mundial de fútbol, le importaba poco o nada. Al menos, en aquel tiempo ya había empezado a hablar con Verónica, y ese amor fue aumentado cuando la oyó reír por primera vez.

Esa navidad había recibido como regalo una máquina de hacer fotos, y toda su familia se extrañaba de que no la utilizaba, ya que Loli, la señora que regentaba el estudio fotográfico y donde compraron la cámara, era buena amiga de la familia y tenía bien informado a los Villanueva de las pocas visitas de su hijo. Lo que no sabían era que la mayor parte de las fotos que disparaba aquella cámara tenían la misma protagonista.

Don Amadeo mandó a Ramiro con José Cano, el enterrador del pueblo, tenía un trabajo para él y dado la reputación y el futuro del joven muchacho, estaba más que seguro que sería una buena manera de ganarse la vida.

El trabajo consistía en hacer fotos a todos los cadáveres que iban llegando, rellenar una ficha con datos sobre sus características, como detalles físicos, causa de la muerte, si tenía miembros amputados, etc. A Ramiro, le pareció bien, y allá que se fue.

Su primera modelo fue Doña María Susana, una anciana de 86 años de edad cuyo motivo de fallecimiento en la ficha fue de “causas naturales” Ver aquel cuerpo desnudo y gastado por el tiempo en esa camilla de metal, no le causó el más mínimo afecto a Ramiro, para él era solo trabajo. Para Doña María y para muchos más era mala suerte. Él iba sobreviviendo a las sesiones de fotos y a los archivos con los datos de los finados.

Un día llegó el cuerpo del primer conocido de Ramiro, Don Manuel el Párroco, le hubiese gustado entristecerse un poco, pero no lo hizo y aquello no le extraño. Observó su cuerpo desnudo sobre la mesa de retratos y se quedó mirando a ese apéndice que diferencia a hombres y mujeres. Hasta ese momento no se había parado a pensar que los curas también eran hombre y que aquel pene fue el motivo principal por el que Julián Sepúlveda, abandonase el pueblo para irse a la capital, unos cuantos años atrás, aunque como le contó en su día Verónica, eso eran habladurías de viejas.

Con ella, quedaba de vez en cuando, para hablar de aquello y de lo otro intentando tener valentía y arrestos para confesarle sus sentimientos o robarle un beso, al menos era feliz compartiendo ratos y tardes con la propietaria de esos ojos verdes.

La primavera de aquel 1.982 estaba llegando a su fin, el día de San Antonio, 13 de junio, España inauguraba su mundial. Aquel día como siempre Ramiro fue hacia el cementerio esperando a que Don José le diera la lista de tareas. Hoy tenía dos modelos.

El Primero era Pedro Ruano, el propietario de la pescadería, Ramiro lo fotografío con 48 años,

La siguiente modelo tenía 20 años, una dentadura lejos de la perfección y unos pechos pequeños. Ramiro la primera foto.

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